Asuntos Latinoamericanos: Político, Ecológico y artículos varios.
Jacques-Marie Émile Lacan (París, 13 de abril de 1901, 09 de septiembre de 1981) fue un médico psiquiatra y psicoanalista francés conocido por los aportes teóricos que hiciera al psicoanálisis basándose en la experiencia analítica y en la lectura de Freud, incorporando a su vez elementos del estructuralismo, de la lingüística estructural, de las matemáticas, y de la filosofía. Sus aportes los define él mismo como un «retorno a Freud» y a sus teorías, por un lado, y como su radicalización, nueva interpretación («Freud contra Freud»).
Aunque vayamos donde vayamos, aunque hagamos lo que hagamos, vivimos en permanente confrontación, dentro del espectro de la estructura Freudiana, ya sea con “el otro” de afuera, ya sea con “el otro” de adentro. Sin duda, no hay otra posibilidad. Más allá del conflicto, ese es uno de los mensajes lacanianos con más exactitud que muestra su postura. “En cada inconsciente late un deseo reprimido de libertad”.
Por lo mismo, siempre estaremos en disputa con lo que no nos deja ser. Más aún: el inconsciente sólo aparece discutiendo. Anteviéndonos a decir, sin ese conflicto no existiera no habría inconsciencia, y por tanto, tampoco habría conciencia. O dicho en tono de síntesis: no es el inconsciente “quien” genera el conflicto sino al revés: el conflicto genera al inconsciente del mismo modo como el deseo no origina la prohibición sino la prohibición al deseo.
Si bien el analista basaba sus axiomas en realidades, la suya se centro en el fenómeno de la política ideológica, la de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, esa que para decirlo en clave freudiana; se convierte en esclava de un implacable "Súper o Sobre Yo", sea éste individual o colectivo, lo cual genera una bestial guerra en nosotros.
Probablemente Lacan presentía que además de convertirnos en alucinados ideológicos hay otras formas de hacer política. Una de ellas es la que tiene que ver con la liberación de todo aquello que en la escena pública oprime la necesidad de ser uno mismo. La ideología, y eso lo sabía muy bien Lacan a través de algunos pacientes, entre otros, connotados marxistas como Louis Althusser. Puede convertirse en una barra que al clausurar los llamados que vienen desde el inconsciente e impiden la plena manifestación del ser.
Interpretando al colega, el inconsciente es político, pero no lo es sólo por analogía, como ha creído ver, siempre más lacaniano que Lacan, su apóstol Jacques-Alain Miller. Afirma también, el inconsciente viene del conflicto inevitable entre el deseo de ser y el deber del estar. El inconsciente, cuando asoma, busca el poder: el poder ser y el poder del ser. Incuestionablemente eso es político.
El inconsciente, por lo tanto, no es un subterráneo adonde van a parar los trastos viejos del alma, sino un agente activo que pugna por ser, es decir, el inconsciente no es más ni menos que uno mismo en su intención de ser. El inconsciente es tu propio cuerpo. Por lo tanto, el inconsciente no sólo es conflictivo; es el conflicto y por eso mismo su forma natural de ser es el debate: la contradicción.
El debate, a su vez, siempre será palábrico, y consecuentemente, gramático, sintáxico y retórico. Lo cual nos permite concluir que la política ideológica tiene lugar de modo offline. En cambio, la otra, la existencial, de modo online. Ahora bien, el inconsciente actúa siempre de modo online, sin duda alguna.
Para los “No Creyentes” del Psicoanálisis les quedan dos opciones. Creer y entender al mundo del “yo”, o basarse en que el inconsciente existe a partir del momento de su negación. Los cual nos hace entender en términos muy populares para algunos, “no creo en eso, pero de que vuelan, vuelan”.
Así se explica por qué la razón de ser de todo régimen antipolítico es la supresión del habla, la destrucción de la gramática y el desorden sintáxico a través de la mentira programada y el insulto sostenido. No hay libertad de opinión sin libertad de palabra (hablada, escrita, impresa, digitalizada). Ese último dictamen, como es sabido, no es de Lacan; es de Hannah Arendt.
Agradecimiento a Fernando Mires
Por sus aportes al artículo.